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Érase una vez un pedazo de madera

Fragmento de Las aventuras de Pinocho, con traducción de Esther Benítez e ilustraciones de Federico Delicado.

28-04-2018

Érase una vez un pedazo de madera

Érase una vez... —¡Un rey! —dirán enseguida mis pequeños lectores. No, muchachos, os habéis equivocado. Érase una vez un pedazo de madera. No era una madera de lujo, sino un simple pedazo de leña de esos que en invierno se meten en las estufas y chimeneas para encender el fuego y caldear las habitaciones. No sé cómo ocurrió, pero el caso es que, un buen día, ese trozo de madera llegó al taller de un viejo carpintero cuyo nombre era maese Antonio, aunque todos lo llamaban maese Cereza, a causa de la punta de su nariz, que estaba siempre brillante y violada como una cereza madura. Apenas vio maese Cereza aquel trozo de madera, se alegró mucho; y, frotándose las manos de gusto, murmuró a media voz: —Esta madera ha llegado a tiempo; voy a utilizarla para hacer la pata de una mesita. Dicho y hecho. Cogió enseguida un afilado destral para empezar a quitarle la corteza y a desbastarla; pero cuando estaba a punto de dar el primer golpe, se quedó con el brazo en el aire, porque oyó una vocecita muy fina que dijo, pidiendo gracia: —¡No me golpees tan fuerte! ¡Figuraos cómo se quedó el bueno de maese Cereza! Giró sus espantados ojos por toda la estancia, para ver de dónde podía haber salido aquella vocecita, y no vio a nadie; miró debajo del banco, y nadie; miró dentro de un armario que estaba siempre cerrado, y nadie; miró en la cesta de las virutas y del serrín, y nadie; abrió la puerta del taller, para echar también una ojeada a la calle, y nadie. ¿Entonces?... —Ya entiendo —dijo, riendo y rascándose la peluca—; está visto que esa vocecita me la he figurado yo. Sigamos trabajando. Y, volviendo a tomar el destral, descargó un solemnísimo golpe en el trozo de madera. —¡Ay! ¡Me has hecho daño! —gritó, quejándose, la vocecita de antes. Esta vez maese Cereza se quedó de piedra, con los ojos saliéndosele de las órbitas a causa del miedo, con la boca abierta y la lengua colgándole hasta la barbilla, como un mascarón de fuente.


Fragmento de Las aventuras de Pinocho, con traducción de Esther Benítez e ilustraciones de Federico Delicado.

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40

Usuario anónimo

es un libro hermoso te enseña muchas cosas y aprendes mucho en lo personal me encanta mucho